sábado, 12 de junio de 2010

EL HUECO QUE TE NOMBRA





Se acabó, quiero aprender a vivir distante.
Yo dañé tu confianza, y arañé lo más puro.
Podría enumerar cada uno de mis errores.
Pero ya no tiene sentido,
pues ellos mismos se turnan
para atormentar, solapadamente, cada momento de paz que busco y necesito.

Quise vivir otra vida, a tu lado, y no estaba a mi alcance.
Tantos momentos compartidos,
tanto amor, yo jamás había sentido así.
Enredé mi propia realidad,
Y ya no supe salir, tan sólo volar, volar, volar por si te alcanzaba.

Quizás esta sea la última vez que te pida perdón.
Estoy sin fuerzas.
Y ahora que ya no me sientes tuya,
ahora que el tiempo de tu deseo ha caducado,
ahora que los pocos pensamientos que te acechan sobre mi se van desvaneciendo,
y los pocos que prevalecen son oscuros,
es el momento de que yo también olvide.
Estoy sin fuerzas.
Y soy sólo para ti un mal recuerdo.

Cómo te amo.
Cada día más.
Y ya no puedo ni verte, ni escuchar una palabra más que me Agreda.
La mentira dañó al hombre que más he querido.
Y ya no estás. No volveré a sentir tu latido.
No hay peor castigo, créeme.

Ahora si trazaré en sueños los duros giros de tu cuerpo.
Está en mi memoria,
cada movimiento de tus manos,
grandes, sanadoras…
El rictus de tu boca y el sabor claro y palpitante de tu lengua.
Cuando sonreías, el mundo se paraba,
el mejor hombre del mundo estaba a mi lado, y me quería.
¿Cómo no se iba a detener la vida a tu lado?
Revivo aquel milagro que eras tú,
la marea de sensaciones que evocabas en mi,
rodeándome con tus brazos, me sentía tan protegida…
Al fin tocaba la belleza,
tantos instantes infinitos, tú los convertías en eternos,
reposando tu cabeza sobre mi vientre,
mi cuerpo lleno de ti, mi cabeza entregada a ti.
Qué hermoso tu pecho,
poder refugiarme en ti, sin miedos, sin malos pensamientos,
sólo existía Tú.


No tengo espacio para más dolor,
o tal vez sí, pues mi fortaleza, como la de cualquier ser de la naturaleza,
es insospechada.

Quise tener hijos contigo. Lo anhelé tanto, que me duele pensarlo.
El fondo de tu mirada me hizo imaginar que sí existía un compañero, un amante, un padre, un amigo, la persona que iba a permanecer a mi lado pasase lo que pasase,
y yo a su lado, pegadita.

Eras tú, y no otro.

Pagué un alto precio.

Pero dentro, todavía estás muy dentro.
Necesito coger aire… Ordenar mi vida y alejarme ya de las culpas que no me permiten avanzar.

Mi amor, sólo el mar de tu oculta geografía lleva mi cuerpo al delirio,
sólo la tierra de tu naturaleza humana consigue que vea en ti a todos los hombres,
sólo tu boca me hizo soñar con la realidad de vivir con “mi hombre”, “mi marido”…

De golpe he envejecido, contigo se están yendo mis esperanzas de recuperarte.
Y aunque mi cuerpo me recuerda que soy joven, que tengo tres fuerzas vitales a mi favor, espiritual, intelectual y sexual, aún así la culpabilidad por el daño que te he causado prevalece sobre todo y me arrastra en una espiral que acaba en “puñeteros llantos” de niña pequeña.

Puedo imaginarte. Puedo soñarte. Puedo dibujar tu perfil trazándolo en el aire. Puedo volar hasta donde tú estés y rozar tu nuca con mis labios, sin que te enteres… Puedo morderme el labio inferior y sentir que es tu aliento el que me da tanto alivio cuando me siento desamparada. Puedo sentir que te abrazo, y que refugio mi dolor en la mágica curvatura de tu cuello. De nuevo se para el tiempo y todavía siento que estás cerca de mi…

Discúlpame, pues te amo.
Debo sacudir las cenizas que cubren aquellas alas que seguro que un día volverán a agitarse de esperanzas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me impresiona tu manera de redactar y relatar, como consigues transmitir todo lo que llevas dentro. Encontré tu blog de casualidad, curro en una editorial en Salamanca y bueno; estaría muy bien poder contactar contigo o leer algo más de lo que escribes.
Un saludo. Atentamente.

Guillermo Rodríguez.