
La Dama de las Nieves no es una mujer de fábula. Ella existe y conversa a mi lado mientras reparte, sin previa intención, regalos en forma de sonrisas y palabras. Recién llegada a mi vida, me he atrevido a abrirle las puertas de mis habitaciones al tiempo que nos hemos brindado una confianza inusitada. Estar con ella es descansar del "resto de la gente". Su suave presencia, hace que nos deleitemos con la cordura divertida y la más exquisita y sutil enajenación de quién cree en lo que sueña. Llena la estancia de magia y sensaciones. Tiene la piel fría por la tristeza y los ojos vivos por el entusiasmo. Todavía estoy empezando a conocerla, es una "persona-reto", provoca apetencia y deseo de saber y disfrutar sus historias.
La Dama de las Nieves trabaja, escribe, trabaja, sueña, trabaja, vive, trabaja, ha parido dos criaturas, trabaja, enamora, trabaja, se entrega... Y todo lo convierte en una fiesta. Intuyo que tiene una gran capacidad de amar, no le sucede lo mismo que a los Buendía. No todo se queda en esto, su encanto va mucho más allá, es grande por cómo siente y cómo vive. Insisto, no es una fantasía, aunque ella misma me haga dudar de lo que es real y de lo que no lo es. Podría ser un personaje del realismo mágico, cargada de energías paranormales y milagros estupendos. En realidad es una maga.
Merendando en el Cuarto de Arena, hizo levitar, de repente, toda la vajilla, hojaldres, nueces y demás viandas que había en la mesa. Fueron una sinfonía maravillosa los sones de las cucharillas contra los tazas; un festival de colores las migas pasteleras cayendo sobre los presentes. Magnífico conjunto volador. A ninguno-a de nosotros-as le pareció extraño, imagino que todos-as estábamos demasiado acostumbrados-as a nuestras personalidades excéntricas y desequilibradas. Sencillamente, disfrutamos del espectáculo de magia. La Dama mantenía, con los ojos cerrados y una expresión de paz, el ordenado torbellino. Sonrisas y miradas en un silencio que nunca hemos llegado a comentar. No importa, los magos hacen magia. Estaban presentes Naná (muñeca plata), Mateo (aguerrido marinero y montaraz funcionario), Esteban (tímido genio), Marajá (amante y compañero) y yo (víctima de esta absurda adicción a mi misma).
Hembra fría de otoño. Dama de las Nieves. Mujer intensa y noble.
Recuerdo al moreno lindo, en el Cuarto de Arena, acompañado de su hermano, los chalados. Cantó con la mirada perdida, temblaba de amor. "... Y soy feliz, por que soy gigante, amo a una mujer clara, que amo y me ama, sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual..." Silvio Rodríguez

