
Nos dimos una concesión.
Un baile, o dos.
Tres, contando los labios inmediatos.
Aquello fue la guerra,
o la paz más deseada…
Abril.
Nuestros cuerpos en batalla,
enloquecidos, sedientos de navegar a la deriva,
“naufragándonos” en la noche. No queriendo llegar a la orilla.
Ocultos, a salvo en el cristal más infinito.
Con ternura, eso si.
Con la ansiedad de mil sentidos acechándonos.
No recuerdo haber deseado nunca tanto una situación; incluso de forma inquietante. Para mi, el deseo siempre fue muy evidente, y, ocultarlo, mi primera necesidad y obligación.
Me gusta jugar a sentirme fría.
Jugar a olvidarnos de esa noche.
Lamentar incluso lo ocurrido.
Hacer un drama arrepentidos…
Y jamás volver a tocarnos.
Y soñadas veces volver a saciarnos.
Son tantas las posibilidades, y tan vagos los esfuerzos por evitarnos, que sólo en el intento, muero de desilusión. Y todo menos eso, desilusión.
Tal vez no volvamos a sentirnos tan cerca, por esa razón, de vez en cuando, trataré, en sueños, de seguir trazando los duros giros de tu cuerpo.
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