
Naná es rubia. Tan rubia como despistada. Tan despistada como divertida. Tan divertida como insufrible. Tan terriblemente encantadora que, a veces, me asusta y eso, me hace desconfiar. Cuando ella siente que me apago, es decir, que me lanzo, dándome el más doloroso "planchazo", en el tedio gris, enciende su personalidad más "verbenera" y celestial... Todo para divertirme y que sonría. Aún a costa de su propia salud.
Naná.
Es una especie de mujer santa, que no de santa mujer. De santa tiene lo que yo de multiorgásmica antes de conocerme a mi y a mis 40 ladrones. Es una mujer santa o mujer virgen por que tiene esa belleza iconoclasta y fría, que, a mi pesar, jamás pasa de moda. Bien, en realidad, es rotundamente bonita. Qué coño. Hay que reconocerlo.
De pequeña se perdió, un domingo de playa, en el arenal de Vilaminí. Se desorientó y permaneció más de 5 horas y cuarto sola, oculta, sin saberlo, por las dunas naturales. No se atrevió a moverse, ni tan siquiera a llorar. Hasta que su "testiña" de dos años decidió, con una madurez insospechada, no ponerse nerviosa y adaptarse a su nueva circunstancia.. Corrió hacia las rocas y se abrazó, con los ojos cerrados, a la más próxima. Rezó con su lenguaje de infanta, y deseó, para sus adentros, convertirse, en un dibujo más de aquel paisaje. Para ella, la vida, por entónces, eran pasajes de divertimento y todo lo que la rodeaba eran como enormes estampas cambiantes. Pintadas al pastel. Por eso, no tuvo miedo.
Cuando la encontraron, ya tenía el cuerpo acostumbrado a la roca y no quería deshacer el abrazo. Hubo un familiar que se percató del color de los ojos de Naná. No comentó nada. Habían cambiado, ahora tenían el tono extraño de las algas y el mar. Una tierna e inquietante mirada de salitre.
Hablar, o escribir sobre Naná, cansa. De veras que sí. Entended que, las personas intensas, me provocan unos cuadros espeluznantes de jaqueca. Las adoro, sí, pero me agotan. Naná vive en mi. Como viven tantos personajes que iré descubriendo. Esos, que todas las noches, sin excepción, se dedican a sortearse mis horas sueño. Que me acompañan y que amo, que me persiguen y aborrezco.
Por ejemplo, Celia, la mujer elegante. Esteban, arquitecto serio y enajenado escritor. Soledad, adolescente crispada y bondadosa. Los chalados, chapurreando topicazos y tangos de desamor. Un largo listado de almas en pena, generalmente pena inventada.
Ahora escribí de Naná, que es mentira y por eso me resulta más fácil. O no.
Gabriel Estarellas - Alfonsina y el Mar de Ariel Ramírez
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